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Vaivén
La hamaca parecía un pájaro en vuelo, rozando por un momento
la tierra, alzándose hasta el cielo, después. Mis hermanos
gritaban alborozados y era durante el descenso cuando la estridencia de
sus risas llenaba de cristales rotos las tardes tan largas del verano.
Ellos se hamacaban, ellos gritaban, ellos subían, ellos bajaban,
ellos reían y cuando me veían llorar, ni así me la
dejaban.
Decían que yo era chico, que iría a caerme, que ya me hamacaría
cuando pasara el tiempo de gatear, cuando fuera grande. Todo ese discurso
para no reconocer, sencillamente, que no me la querían prestar,
aunque era verdad que la hamaca estaba tan arriba que yo solo no podía
llegar hasta ella, por eso, no más, no me subía. Pero ya
llegaría mi hora, alguna vez sería, y hasta entonces mi
único consuelo era volverme llorando hacia el pasto a recoger uno
a uno los pedazos perdidos de sus risas, para armar con ellos un remedo
de resignada espera.
Unos años después yo había crecido, pero también
la hamaca, es decir, el árbol donde la hamaca estaba colgada. Me
encaramé a él como pude y sentado en la hamaca miré
el miserable mundo desde arriba. Entonces descubrí deslumbrado
un nuevo universo, galopando vertiginosamente verde bajo mis pies, mientras
hacia arriba se desplazaban alocadas volutas blancas que algodonaban sin
remedio el azul muy limpio del espacio.
Un mundo cambiantemente hermoso estrenado al fin con mi risa demorada.
Comprendí perfectamente el antiguo egoísmo de mis hermanos.
Ellos tuvieron razón: únicamente un imbécil podría
deshacerse de esta visión entregándola a otro para que la
ajara, para gastarla con sus miradas.
Hermoso mundo. Lo contemplé desde más arriba, desde lo alto,
más veloz. Desde tan alto que cuando me caí me rompí
varios huesos y estuve un siglo en cama pensando solamente en volver a
hamacarme.
Ya no me dejaban salir al patio. Cuando el sol venía a buscarme
hasta mi cama, yo sabía que quería llevarme hasta la hamaca.
Pretendía levantarme, pero mi madre redoblaba su vigilancia; ante
su terca negativa yo agitaba mis gritos, mis sollozos, mis puños,
esa mi desesperada indignación que ni siquiera mi padre podía
calmar. Todos estaban en contra mía, aunque debo reconocer la existencia
de un aliado en aquellos días llenos de desilu-sionada impotencia.
De este amigo recuerdo solamente los gruesos vidrios de sus anteojos y
un bigote oscuro sobre su sonrisa aparentemente ajena. Se me acercaba
con una jeringa en la mano, para devolverme la hamaca. Si bien al principio
su vaivén me resultaba demasiado violento, poco a poco iba convirtiéndose
en un balanceo adormecedor. Me hamacaba, me hamacaba hasta cansarme, hasta
quedar rendido, hasta no importarme después si despertaba de nuevo
en mi cama adonde me había traído no sabía quién.
Otras veces la luna entraba a buscarme; mos-trándome el camino
con su luz de azogue me pedía que saliera, en silencio porque la
hamaca estaba afuera esperando cualquier ruido podía hacer aparecer
a quienes me prohibían levantarme. Pero como estaban en mi contra,
también las cosas aprendieron a odiarme y así, siempre había
una silla que tropezaba conmigo o una puerta que chillaba al mirarla.
Al oírlo, alguien se apresuraba a encender la luz sin darle tiempo
a la luna de despedirse ni a mí para rogarle que tuviera paciencia.
Una mañana por fin pude salir. Me fui derecho al patio a buscar
la hamaca. La busqué en el viejo naranjo, pero se la habían
llevado. Interrogué a gritos a los árboles más altos,
pregunté a los arbustos, destrocé los rosales por si la
hubieran escondido entre sus espinas y nadie sabía nada. Nadie
quiso decirme nada.
Yo necesitaba encontrarla; quería recuperar en su balanceo aquellos
vidrios trizados en las carcajadas de esas tardes lejanas de mi infancia.
Necesitaba su vuelo cadencioso para espantar la niebla que pretendía
rodearme. Así es que pedí una hamaca. Lloré una hamaca.
Imploré una hamaca. Hasta ver una mañana de primavera, como
mi hamaca manchada de blanco, el verde-gris de un joven eucalipto.
Sentado en la hamaca, arriba, bien arriba, miraba los codiciosos ojos
de mis sobrinos, siempre atentos, disimulando apenas sus deseos de despojarme,
de quitarme la hamaca.
Yo me reía como antaño sus padres, mis hermanos, lo hicieron.
Me reía más fuerte al verlos esconder el rostro lloroso
en los hombros azules de sus niñeras. Ellos eran demasiado chicos
para subirse, ellos podían caerse, ya tendrían ocasión
cuando crecieran, cuando dejaran de gatear. Además, la hamaca era
solamente mía. Suficiente tenían con mirar cómo mis
pies producían ese balanceo cuya conquista logré después
de tantos años.
Me hamacaba riendo y era en el descenso cuando mi risa se tornaba una
larga carcajada obligándolos a volverse ansiosos, buscando el regazo
de sus madres. Ellas levantaban hasta mí, no esa mirada con la
que yo imploraba en el pasado a mis hermanos, sino unos ojos desbordando
tantos oscuros pensamientos, difíciles de descifrar desde tan arriba.
Apenas clareaba, despertaba yo al sol para que me acompañara en
mi ir y volver, subir y bajar del hamaqueo. Más tarde la luna me
espiaba y riendo perseguíamos juntos a esos pájaros rabiosos
y esas hojas secas que bailaban en el aire amarillo y rosa del amanecer,
a esa hora imprecisa en que el sol, pugnando por jugar conmigo, perseguía
a la luna para alejarla.
La luna siempre me pedía un poco más de ese tiempo que volaba,
también sin remedio, en medio de ese vaivén delicioso. La
luna conocía mi debilidad por el sol, ese sol a veces negro, a
veces azul, pero siempre preferido. Yo amaba al sol, teñidor de
mis piernas extendidas hacia su calor. Yo prefería al sol durmiendo
en mi cabeza cuando mi cabeza dormía sin dormir y por eso le dejaba
borronear sus absurdos girasoles sobre mi cuerpo en vuelo.
Me hamacaba con el sol, me hamacaba con la luna. Me hamacaba de mañana,
de larde, de noche, hasta que me olvidé de bajar y mis pies ya
no alcanzaron el suelo. De ahí en más, el sol o la luna
se turnaron llamando al viento para que me hamacara con su soplo ligero.
Pero un día también me olvidé de despertar al sol
y aprovechó la luna para rodearme, empecinada en que yo no viera
ninguna otra luz.
Del libro Crisantemos color naranja,1989.
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