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La puerta par
El doctor Edmundo Molina se presentó
con nombre y apellido desde la puerta entreabierta de la subcomandancia,
pero tuvo que agregar que era el médico a quien quisieron asesinar
hacía unas horas en el hotel Anteus, para que el comisario levante
la vista y se le quede viendo con ese aire de todopoderosidad que adopta
la gente uniformada. Le preguntó si venía por su declaración.
"No", dijo el doctor y explicó que lo que quería
era hablar con el hombre a quien arrestaron frente a su puerta -habitación
36, segundo piso- empuñando un cuchillo de carnicero. -Para qué
lo quiere ver- interrogó el comisario, esta vez con voz de que
no preguntaba siguiendo el procedimiento, sino porque en serio sentía
curiosidad. -Es la primera vez que me quieren matar- dijo el médico,
y hubiese querido que el comisario fuese su amigo para que esa frase baste,
pero no lo era. -Quiero saber por qué. El comisario no tenía
instrucciones respecto a una situación como aquella, excepto que
no debía demostrar que no la tenía, de manera que levantó
el tubo de color verde mate del teléfono, y pidió que alguien
venga. -Oficial, informe sobre el arrestado por intento de homicidio.
-En celda de reclusión, mi señor comisario. Hubo un pequeño
relatorio de antecedentes después de que se trajo el parte policial
y que el comisario decidió que podía compartirlo con la
víctima, acodado a estas alturas sobre su escritorio y con una
taza de café humeante que se llevaba a la boca porque quedaba mal
que no lo hiciese. El hombre se llamaba Andrés Cardozo, 39 años,
soltero, no se le conocía familia y podría ser el "homicida
de los números pares", como le llamaron en los periódicos
cuando comenzaron los asesinatos en los hoteles y en los barrios residenciales.
Siempre gente que se hospedaba en pisos y habitaciones pares, y en hotel
de numeración par, como el Anteus, ubicado al 2004 de la avenida
Potosí. Las residencias seguían el mismo patrón,
pero nunca una huella, un testigo, nada, hasta esa llamada a las ocho
y treinta y cinco de la noche de la recepción del hotel que pedía
una patrullera porque había un hombre parado frente a una de sus
habitaciones, con un cuchillo en la mano. Cuando la policía llegó
el sospechoso no se resistió, pero tampoco colaboró con
una declaración. Cuando le dijeron que su silencio empeoraba las
cosas, solo respondió que no le importaba. -Si es posible, si a
usted no le compromete, quiero hablar con él- insistió el
médico que ya dejó la taza de café y retiraba la
silla para ponerse de pie. Caminando por corredores que se cruzaban con
otros iguales y que según el comisario, tenían el propósito
de prolongar la agonía del detenido ya que no hay peor cosa que
la incertidumbre del tránsito, el doctor contó que formaba
parte de la comitiva de médicos que participaban del congreso de
proctología organizado por la universidad nacional, pero el comisario
ya lo sabía y su silencio indicaba que no estaba interesado en
conocer detalles. Llegaron frente a una puerta parecida a todas las que
le antecedían, pero ésta fue desllaveada por el oficial.
El olor a óxido de las celdas y la mirada de gente igual a todo
el mundo del hombre que levantó la vista desde el fondo de la estancia,
recibió a los recién llegados. El doctor preguntó
si podía quedarse a solas con el detenido, y el comisario, que
no quería perderse el encuentro, tuvo que irse pero dejó
al oficial parado en la puerta, lo que significaba que de todas maneras
se enteraría de lo que fuese a ocurrir. -Buenas noches. -El doctor
Edmundo sintió que cualquier cosa que dijese en ese momento no
sería la indicada, así que no se esforzó-. Supongo
que podemos tratarnos como conocidos. El hombre de la celda lo miró
con curiosidad. -Soy el doctor Edmundo, el de la habitación del
Anteus. A usted lo apresaron frente a mi puerta. El detenido parpadeó.
-Disculpe que lo moleste en esta situación tan difícil por
la que está pasando, pero es que no entiendo por qué me
quiso matar. Llegué hace tres días a esta ciudad, no salí
del hotel ya que allí es el congreso y pedí comida en la
habitación porque me aburre la compañía de los colegas.
¿Me quería matar a mí, específicamente, o
le daba igual que sea cualquiera que esté en esa habitación?
El detenido tosió. Acostumbrado a hacerse una idea de la gente
con solo verla, al doctor le pareció que estaba frente a un hombre
instruído, no un asesino atávico de los que se habla en
los libros de medicina legal. Un fumador, además, ya que la tos
era inconfundible. -¿Usted qué cree? -le preguntó
el detenido. Su voz sonó cálida, como el tufo de una habitación
que se mantenía cerrada pero donde se adivinaba un pote de talco
abierto, o un agua de anís filtrando sus esencias dulzonas por
las grietas de un corcho de botella. -Le daba igual, verdad, que sea otro
o que sea yo. Pero por qué no entró, por qué se quedó
en la puerta, por qué no terminó lo que fue a hacer. -Se
sorprendió de lo que decía, ya que sonaba como si lamentase
que las cosas no hubiesen llegado a más-: Perdón, es solo
que no le encuentro sentido. -¿Y usted por qué no abrió?
-preguntó el hombre detrás de los barrotes. Era lo peor.
Que él también pregunte. Pero era cierto lo que decía.
El doctor Edmundo no abrió cuando escuchó el timbre de la
puerta. Dos, tres veces, largas pausas y otra vez el silbido metálico,
como quien está decidido a no irse hasta que lo atiendan. Cuando
cerró la llave de la ducha, tomó la toalla que colgaba del
rodillo pero no se secó, sino que bajó la tapa del water
y la cubrió con ella. Entonces se sentó encima, desnudo,
el agua tibia corriéndole por la cara, y con la tijera de cortar
cutícula escarbó la uña del pie derecho que se le
estaba encarnando. Fue por eso que no abrió, ya que tenía
atrapada la punta de la uña y dejar que se le meta de nuevo en
la carne hubiese sido no solo doloroso, sino también peligroso,
ya que quién le aseguraba que tendría otra oportunidad de
separarla de la piel enrojecida. -Me estuve bañando -resumió.
-No entré porque usted no abrió -dijo el homicida. El doctor
admitió cuando se le preguntó, que lo que le afectó
de aquel encuentro fue la franca indiferencia con la que lo miró
el hombre que pudo haberlo matado. Detrás de los barrotes, el detenido
escuchó cuando la puerta se cerró y se sintió aliviado
de que el silencio recupere a su alrededor su dimensión totalizadora.
En parte, él también mintió. Esa noche llegó
al hotel sin llamar la atención, subió al segundo piso y
cuando se detuvo frente a la habitación 36, imaginó lo del
baño ya que en los hoteles todos se bañan a las ocho y media
de la noche. Llevaba un destornillador en el bolsillo, y si no forzó
la cerradura fue únicamente porque un aroma a champú de
vainilla lo detuvo. Venía de la habitación. Se escurría
por la línea encajonada de la puerta, por el cerrojo plateado,
por la mirilla, un vapor que antes que por su nariz fue capturado por
su piel, por sus ojos, por algo dentro suyo que le detuvo la respiración.
Su mamá olía a vainilla. Y ese olor era igual a ella. Yo
conocí las versiones de ambos, del doctor y del detenido, en mi
calidad de abogado de gente que no quiere uno, o que no se lo puede pagar.
Me dieron el caso del hombre detenido en el hotel. "Usted está
fuera en dos días", le prometí, y así fue, ya
que pararse frente a la puerta 36 no lo convertía en "el asesino
de los números pares", y tener un cuchillo en la mano no significaba
que quisiese degollar a alguien, aunque la verdad es que mi olfato me
confirmó ambas cosas antes de que el señor Cardozo lo haga.
Era el asesino, y sí quiso matar al médico. El doctor se
mostró convencido de que su destino lo puso frente a la uña
encarnada con el único propósito de alejarlo de la puerta,
y el ex detenido -que debe estar camino a mi oficina en este momento-
no quiso contarle lo del champú de vainilla -"es algo personal",
me dijo- y lo dejó pensando lo que quisiese. Lo que yo afirmo finalmente
y antes de ir a atender la puerta donde alguien que ya debe ser mi cliente,
está tocando, es que la casualidad siempre tiene que ver más
con el asesino que con la víctima. Punto final. Lo veo desde acá,
desde el pasillo, la luz amarilla del farol mecida por el viento de junio
que hamaca su sombra de sobretodo y manos enguantadas, encima del cerco
de ligustrinas recién podadas de la entrada. -Buenas noches, pase
por favor. No me responde, pero sé que entrará conmigo y
que quizás le invite un café y hasta tengamos una conversación.
Pero ahora, parado en el corredor, bajo el farol que en su balanceo revuelve
su sombra con la mía, tiene los ojos fijos en los números
que identifican mi casa: el 612 de la avenida 18 de Octubre.
Inédito
Mujeres al teléfono
Apartó la frazada de su rostro con un gesto lánguido. ¿Quién
podía ser? No había derecho. Los domingos son días
para uno. Buscó en el desorden del cuarto el círculo familiar
del reloj. Eran las siete de la mañana del 9 de julio. También
era invierno y una llovizna suave volaba encima de los techos.
Antes de cerrar los ojos pensó por un instante en su madre, allá,
tan lejos. ¿También llovería en Puerto Casado? Su
mirada de gente buena recorriendo la casa donde antes estuvieron los hijos,
el amor para toda la vida de su padre, los retratos de los parientes colgados
de las paredes. Su madre que olía a talco. "No te podés
ir", le escuchó decir la última vez que la vio. Fue
la única mujer del mundo a la que quiso en su vida, pero no se
quedó. Vino a la ciudad y aprendió, como todo el mundo,
a cuidar de sí misma.
Susana esperó un poco, la respiración caliente pegada a
la sábana, y estuvo así hasta tomar conciencia de que quien
fuese, no tenía intencio-nes de colgar el teléfono y dejarla
dormir. Se incorporó de golpe, como los sonámbulos, técnica
aprendida como la mejor para apartarse de las almohadas. Bajó los
pies hasta la alfombra y un frío de menos de 3 grados la hizo tiritar.
Buscó la bata de lana guiada por la escasa claridad que venía
de la sala y se dirigió al teléfono. Una voz de mujer le
preguntó su nombre.
Soy Susana. ¿Qué desea? Alguien lloró
del otro lado del tubo.
Perdón... ¿Se siente mal? ¿Quiere hablar conmigo?
Estaba totalmente despierta. Por segunda vez en aquel día
pensó en su madre, pero el llanto del teléfono no le resultaba
familiar. ¿Una broma quizás? No. Alguien le lloraba en serio
al oído.
Si no habla voy a colgar...
Discúlpeme... No quise... Discúlpeme...
¿No se habrá equivocado de número, señora?
No. Usted es Susana. Yo sólo quiero saber... ¿Sabe
que yo siempre la admiré? Una vez me quedé frente a una
vidriera. "Esos cuadros son de Susana Santos", me dijo Enrique,
y yo le pedí que me comprara uno. ¿Se da cuenta?
No entiendo de qué me habla.
No se haga la burra... ¡No! ¡No me cuelgue! ¡Perdóneme,
por favor!... Estoy tan nerviosa. No sé cómo me atreví
a llamarla. Es que todo se me vino encima. Estoy desesperada...
Cuando vio por primera vez aquella sala, Susana se imaginó de pie,
como estuvo tantas veces, alumbrada con las luces rojas de los letreros
de la calle. Eran 150 dólares por mes, mucho más de lo que
podía tentar con un par de cuadros, pero de todas maneras lo tomó
y lo fue decorando a su manera, con sus discos de Serrat, el sillón
de mimbre donde se refugiaba cuando las luces de los edificios acorralaban
la tarde, los libros de su vida. Después vinieron las lámparas,
los almohadones que usaba de sofá, las cortinas con ruedos en relieve,
su mesa de trabajo. Pintaba niños. Un crítico comentó
de una de sus exposiciones que esos chicos representaban la conexión
ineludible entre el talento de la artista y el instinto de la madre. No
lo entendió. Le hubiese bastado con saber si el cuadro le había
agradado.
Señora... No sé qué decirle. No sé
qué le pasa... ¿La conozco?
Una vez la llamó un suicida. "En este momento tengo una pistola
apuntando a mi cabeza", le dijo, y ella comenzó a entender
que esa ciudad con su costanera y sus catedrales, sus comidas de paso,
sus tiendas de ropas y su tráfico congestionado hacía propicia
la desgracia. Nunca supo si el chico lo hizo.
¿Es posible que una persona a la que yo siempre consideré
buena, sea amiga de hombres casados? ¿Usted es la amante de mi
marido, señorita Susana...?
Un llanto todavía más quejumbroso le heló las venas.
Lo que le faltaba. Una esposa traicionada llamándola a las 7 de
la mañana de uno de los domingos más fríos del año,
para amargarla con gimoteos. Sin embargo, no le caía mal la señora.
Hablaba bajito, la voz alterada por el llanto, los buenos modales en serio
conflicto con la rabia. Susana la imaginó en una sala grande donde
se podría estar descalza sin sentir cómo los pies cambiaban
de color. Seguro habría olor a café, flores secas en una
mesita de vidrio, el cuadro de un jardín de ligustrinas zarandeado
por lluvia. También habría un pavimento de hojas grises
en el patio y las gotas redondas de la lluvia temblando en la cuadra.
La luz blanca de un relámpago le alumbró en la cara.
No hablo de mi vida con extraños dijo Susana. Sus
pies estaban helados. La señora siguió llorando un rato
más. Después vino la historia. Un amor de facultad. La vida
compartida con tanta frecuencia que el matrimonio llegó sin sobresaltos.
Los primeros meses, los desayunos en la cama y las noche llenas de suspiros.
Antes de los hijos llegaron el hastío, la terrible certeza de la
equivocación.
Pero yo lo amo, Susana. El sabe que no puede dejarme.
Búsquelo entonces.
No puedo. Le tengo miedo.
Vaya por él a la oficina. Póngase linda. Entre sin
avisar y túmbese en sus brazos.
¿Usted cree...?
No sé. Es peor no intentar nada. Y ahora déjeme dormir.
Estoy muerta de frío.
Usted es una buena persona, Susana. Perdóneme por haberla
molestado.
Cuando despertó, quién sabe cuánto tiempo después
(todavía era domingo), en los techos seguía lloviendo y
en el cuarto las lámparas se habían encendido. Susana buscó
entre las frazadas el olor a café con leche de su boca, se pegó
a su cuerpo de sobretodo mojado y se dejó acariciar como una malcriada.
"Yo tampoco puedo vivir sin él", pensó mientras
apartaba las hojas de ligustrinas incrustadas por la lluvia en el pelo
suave, en el amado pelo de Enrique....
Del libro Mujeres al teléfono y otros cuentos,
1996.
Mabel Pedrozo
Egresó como abogada de la Universidad Nacional de Asunción
en 1992. Obtuvo el primer premio Amigos del Arte (1984) y mención
de la Municipalidad de Asunción (1991). Publicó poemas
en las antologías "Poesía itinerante" y "Trópico
Sur". Sus cuentos figuran en la antología "Narradoras
paraguayas" (1991).
En 1997 apareció el libro "Mujeres al teléfono",
cuentos hechos en coautoría con la escritora Amanda Pedrozo,
y en el año 2000 aparece su primer libro de cuentos escrito en
forma individual bajo el título de "Debajo de la cama".
Su última obra, "Noche multiplicada", también
de cuentos, se publicó en noviembre de 2001. Trabajó en
varias revistas y diarios de Paraguay, y actualmente se desempeña
como periodista en el diario Popular.
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