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Fundación Banco de Ojos - Fernando Oca Del Valle
Laboratorios OFELL S.A. - Bienestar Natural

Fascículo10

Romance de la niña Francia

Un toque de corneta quebró la calma de la tarde. Al oírlo, hombres y mujeres cerraron puertas y ventanas, se retiraron a los ángulos más apartados de sus aposentos y permanecieron quietos, respirando apenas.
Las casas parecían replegadas bajo las inclinadas vertientes de los corredores; los cerrados portales encogíanse dentro de las paredes de grueso adobe; ni el perro ladraba la distancia.
El toque de corneta se alejó por un extremo de la calle; por el otro apareció un jinete, encorvado sobre la montura de un forro carmesí. La alfombra de arena, tibia de sol, apagaba el rumor de los cascos de su caballo. El sombrero de fieltro de anchas alas, no permitía distin-guir más que el pronunciado mentón y la trenza larga, bien peinada. Una chaqueta abotonada le ceñía el magro talle. Era el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, El Supremo, que realizaba su paseo habitual. Esa tarde dirigíase a su quinta de Ybyra-í, donde pasaría el fin de semana.
Ya se perfilaba ante él la casona entoldada de jazmines y madreselvas cuando dejó la senda que venía siguiendo, y tomó otro camino angosto, poco trillado, casi oculto en el espartillar. Atravesó el bosque y se halló frente al río, en cuyo azogue mirábase la selva extática y el sol murien-te. A la izquierda, una mansión de techumbre rojiza se al-zaba sobre el verdor intenso de los naranjos; alrededor, crecía el césped a la altura del hombre. Ante ella apeóse El Supremo y penetró en el interior.
Salió a su encuentro una anciana de blancos cabellos, rosado cutis y ojos verdiazulados. Era doña Ninfa Cañete, su prima lejana y su única amiga. Francia la saludó con recelosa afabilidad; había perdido aquel arte de la conver-sación que en su juventud constituyera uno de sus principales atributos de superioridad. Sentado en un sillón de vaqueta claveteado, don José Gaspar parecía esperar a al-guien.
No demoró en presentarse una niña que frisaría en los veinte años; sus ojos grandes, negros y luminosos, la am-plia frente, el nacimiento de los cabellos rebeldes, pare-cían copiados del anciano. Mas, ¿de quién había hereda-do el cutis mate, las formas esbeltas, el aire decidido, franco y alegre? Nadie podría decirlo. Era un enigma.
—Siéntate niña —ordenó El Supremo. La áspera expre-sión de su semblante habíase dulcificado levemente:
La conversación se hizo embarazosa; prevalecían los si-lencios. La joven se hallaba preocupada y vacilante. Evi-dentemente algo pugnaba en su espíritu, algo grande, ávi-do, más fuerte que el respeto, mejor dicho, que el tremen-do temor que inspiraba aquel señor de un pueblo. Pero la niña no era tímida. Sabía bien lo que anhelaba, y lo anhe-laba ardientemente, con todas las fuerzas de su juventud solitaria, de su temperamento decidido y valiente. Habló respetuosamente, pero con firmeza.
Amaba a un joven que la había pedido en matrimonio; pero el mozo no osaba presentarse al Supremo, sin contar con la seguridad de su benevolencia. Terminó implorando el asentimiento que la haría feliz.
Prietos los labios, tenso el semblante, Francia escudri-ñaba la fisonomía de la joven desaprensiva, que se lanzaba a la conquista de su dicha. Por su mente desfilaron recuer-dos. Su juventud corrida en pos del amor, sin asir el verdadero; la secreta inclinación fugaz que en la plenitud de su existencia le había dejado una paternidad, reducida a simple tutoría, sobre aquella niña cuyo verdadero nombre sólo él conocía.
- ¿Un extraño pretendía arrebatarle la única superviven-cia de su vida afectiva y sentimental? ¿Querían disputarle una tutoría, a él, que no admitía el más pequeño menos-cabo de su autoridad? Desconocía la ternura, y aquella criatura audaz intentaba enternecerle. Había sufrido la afrenta de su porfía pasional insatisfecha, y aquella hija quería apropiarse, precisamente de lo que le había hurta-do el destino. Sintió recrudecer su íntimo conflicto perso-nal. En su rostro bilioso ardió una chispa sardónica, pero tenía demasiada conciencia de su poder para oponerse con todo el peso de su personalidad al pedido de esa po-bre muchacha, sujeta más que ninguno a su puño domina-dor.
— ¿Cómo se llama tu pretendiente? —limitóse a pregun-tar, con voz opaca, después de un lapso de silencio.
—José Antonio Rojas de Aranda —respondió la niña, y palideció de súbito; había intuido una prevención enig-mática.
Don José Gaspar apretó los finos labios. Aquellos Ro-jas de Aranda eran famosos por su capacidad de seduc-ción. Uno de ellos, muchos años antes, había provocado la perpetua desarmonía entre el amor y su destino. En el juego de este otro se trocaban las cartas; en sus manos se hallaba consagrar la dicha, o marcar la pérdida definitiva.
— ¿Dónde se ven? —inquirió con perfecto disimulo de sus emociones.
—En la iglesia de Trinidad, los domingos, después de misa —contestó la muchacha que no tenía otro nombre que el de “la niña”.
El Supremo, con fría dignidad, volvió el rostro hacia su mejor amiga.
—Ninfa —dijo, autoritario—. La Niña no volverá a po-ner los pies en la iglesia — la prohibición se cumplirá has-ta diez años después de su muerte—; y tanto tú como las criadas —agregó— cuidarán de que no salga al patio, me-nos a pasear por los alrededores y la niña morirá sin haber vuelto a ver el cielo libre sobre su frente. El Supremo miró las ventanas enguirnaldadas de jazmines; la parra, continuación del alero y, más allá el naran-jal. Como iluminado por súbita revelación, añadió: —Ma-ñana enviaré un mastín que atarán bajo la víñalera.
Salió al patio, montó a caballo, y perdióse en el bos-quecillo envuelto en los velos del anochecer. Detrás deja-ba la tragedia sin evasión posible, la desdicha que se con-sumaría en secreto, ahogada por el mutismo receloso del ambiente.
La niña lo vio alejarse como al adversario de su existen-cia. Comprendía que no podría vivir sin Rojas de Aranda, y se reprochó el no haberse explicado mejor, el no haber rogado, implorado. Pero estas actitudes repugnaban a su orgullo, a su temperamento tan inflexible como el de su padre.
Los moradores de la quinta dormían desde el anoche-cer. Sultán, el fuerte perro guardián, tendía sus sentidos como tentáculos hacia los vientos. Únicamente la niña manteníase insomne, los nervios tensos, en muda inmo-vilidad cerca de la ventana.
A medida que transcurría la noche, le latía el corazón con ansiedad más viva y más ardiente. Escrutaba el cam-po, el huerto manchado de claro y oscuro. Diríase que presentía la proximidad del jinete que venía orillando el río lunado. El caballero avanzaba con preocupación, en-vuelto en su poncho, calado el sombrero hasta las cejas. No serían las diez de la noche cuando penetró en el bos-que; ocultó en él su caballo y, a pie, por caminos de atajo, se dirigió a la quinta de doña Ninfa.
En la casa reinaba un silencio que parecía no tendría fin. El emponchado airoso, de movimientos elásticos y andar seguro, deslizóse entre los naranjos. El perro guar-dián retosaba a su lado. Llegó al pie de la ventana, echó el sombrero sobre la nuca y descubrió su rostro. Entre los barrotes introdujo la mano, y asió por la cintura la silueta femenil que le aguardaba en la penumbra. La figura alta y esbelta de la niña Francia asomó a la reja.
— ¿Has presentado nuestra petición? —preguntó el mo-zo; en su voz vibraba la caricia.
La niña resumió la conversación que tuvo con El Su-premo.
—Mañana traerán otro perro —finalizó desolada, como si aquello encerrara la amenaza más inquietante para su sensibilidad.
—Pronto me será tan adicto como Sultán —repuso él, sonriente, deseando alejar las preocupaciones de su amada.
Cuando Rojas de Aranda abandonó la ventana y saltó el cerco de la heredad, ocho hombres armados le cortaron el paso, y lo llevaron preso a la ciudad. La suerte que le cupo aun no se ha esclarecido.
La niña Francia nunca había conocido el sano regocijo de la libertad. Acostumbrada a la obediencia, no contrarió a los que la rodeaban. Pasaba los días en su aposento, sen-tada, sin hablar ni mirar a nadie; pero las noches le pertenecían. ¡Cuántas veces saltó del lecho, se aproximó a la reja, miró el campo lunado, apostrofó a la soledad, maldi-jo al que había derrumbado sus ilusiones y quedó lloran-do hasta el amanecer!
Su paciente resignación se rompió el día en que le anunciaron la presencia de El Supremo.
— ¡No quiero verlo! —gritó en un arranque ardiente, ca-si salvaje. — ¡No quiero verlo! —repetía, arrastrada por las dos mulatas a través de los callados aposentos.
Jadeante, la boca llena de espuma y una extraña lumi-nosidad en la mirada, quedó de pie, ante don José Gaspar.
— ¡Te odio! ¡Tú no eres mi padre! —clamó con voz aguda. La risa puso en su rostro la trágica máscara de la demencia.
Doña Ninfa la miró espantada. Parecíale imposible que su pupila no hubiera caído al instante fulminada por sus propias palabras.
El Supremo no volvió a recorrer el sendero abierto en el espartillar. Tampoco olvidó la aseveración violenta. A su muerte ordenó que el importe de su sueldo no cobrado se repartiera entre los soldados y donó la quinta de Ybyrary a las mulatas que le servían. Ante el mundo dejaba inexistente su paternidad. A solas, quizás, habría recomendado a las criadas que cuidaran de la Niña Fran-cia.
Muerta doña Ninfa, las dos mulatas herederas del dicta-dor Francia se trasladaron a la ciudad con la Niña. Por turno, las mujeres recorrían las casas de las principales fa-milias y vendían productos de industria casera. El chismo-rreo nada podía arrancarles acerca de la enigmática mujer que vivía con ellas. Al primer amago de interrogación, cu-brían las cestas de mercaderías y se alejaban, herméticas, hurañas, como perseguidas por un conjuro.
Habitaban en la calle Palma, a tres cuadras de la Cate-dral en una casa que hoy sirve de local a una librería. En la mirilla enrejada, abierta en el recuadro superior de la puerta, las personas que iban a misa de madrugada adver-tían la presencia de una mujer de alborotados cabellos y amplia frente dolorida, que contemplaba a los transeúntes con los ojos atormentados, escrutaba intensamente los semblantes y seguía con la mirada la silueta de los que se le escapaban al pasar. Daba la impresión de que padecía de incurable nostalgia, de que había pasado la noche en aquel sitio, avizorando la sombra que diluyó el pasado, y que se hallaba cansada de haber buscado tanto y tan inú-tilmente.
Nadie reconocía en ella a la Niña Francia. Días, años enteros, con refinada y lenta crueldad, el destino había dejado pasar sobre su naturaleza apasionada y ardiente, el encierro, el fastidio, la envilecedora vigilancia de las dos siervas que no habían tenido juventud, que no olvidaban el antiguo temor y vivían poseídas por una oscura obse-sión de fidelidad.
Anonadada en la monotonía del aislamiento, en el va-no vértigo de los sentidos, la custodia mezquina y de-primente de las mulatas habían acabado por amasarla, con la mezcla de almidón destinada a la fabricación del chipá casero.
No conocía a nadie más allá de las puertas cerradas. No poseía nada con qué encandilar a sus cancerberas, para so-bornarlas. El mundo ignoraba su nombre. ¿A quién im-plorar? Solamente en sus ojos quedaba la imagen del que la deslumbró una vez, el único que hubiera podido deste-llar un milagro en su vida, y al que perdió sin haberlo al-canzado. Había desaparecido también el poderoso, quien, al menos, por reacción ante sus rebeldías, hubiera introducido un cambio en su vida.
Por lo demás, ¿qué podría hacerse con ella? La sole-dad, el legado de su padre se posesionaba ya de su des-tino.
Aquella mañana, la ensenada se embriagaba de sol. Las mozas que salían de la Catedral sonreían sin saber por qué, al solo influjo de la plenitud ambiente. En un día co-mo ese, en que la Niña Francia hubiera deseado pasear por Asunción, cuatro soldados conducían sus restos. De-trás iban las dos mulatas, oculto el rostro en las sábanas que les servían de manto, vigilantes, como temerosas to-davía de ser sorprendidas en falta por el autócrata.

Del libro “Río lunado”, 1951.


MARIA CONCEPCION LEYES DE CHAVES
(Caazapá, 1891 - Asunción, 1985)
Narradora, dramaturga y periodista. Prolífica escritora y consumada conferen-ciante, Concepción L. de Cháves —madre de Ana Iris Cháves de Ferreiro— cumplió una función importantísima en el campo educativo a través de sus conocidos libros de lectura, usados durante décadas en las escuelas primarias de todo el país. Siendo Presidenta de la Comisión Interamericana de Mujeres, obtuvo el reconocimiento de los derechos jurídicos de la mujer en América (durante la Décima Conferencia Interamericana de Caracas en 1955), logro que la llevó a integrar la lista de "las cuatro mujeres más destacadas del año (1955)" en Washington, Estados Unidos. Galardonada con ocho diplomas de honor de diversas instituciones y con tres llaves de oro de ciudades caribeñas (Puerto Príncipe, Haití, Santo Domingo, República Dominicana y San Juan de Puerto Rico en 1955) , ha recibido también varias condecoraciones importantes, entre ellas la del Orden Nacional del Mérito de la República de Haití (1955), la Medalla de Honor del Instituto Femenino de Caracas (1958), el grado de Oficial de la Orden Nacional del Mérito de Francia (1965) y la Medalla del Mérito Nacional Rondon del Brasil (1969).
Su abundante producción incluye Tava-í (1942) Primer Premio en el Concurso de novelas del Ateneo Paraguayo en 1941, novela de costumbres, Río Lunado: mitos y costumbres del Paraguay (1951) y Madame Lynch (1957), novela histórica, biografía novelada de la compañera de Francisco Solano López. Sus obras han sido incluidas en diversas antologías nacionales y extranjeras.

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