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La rebelión de Pedro David

I


Pedro David era chiquito, delgado, tirando a rubio. Pelambre pajiza de ariscos cabellos. Siempre afeitado; rasa la piel amarilla. Sus ojos incoloros y miopes miraban suspicaces tras gruesos cristales. Boca peque-ña, nariz afilada y prominente. Pulcro en el vestir: nunca sucio; siempre bien arreglado. Los zapatos, relucientes: años de práctica convirtiéronlo en experto lustrabotas.
Sin casarse, tenía mujer. Una mujerona hacendosa y frescota, mas de imperioso talante agresivo. No la quería. Antes bien, la temía, y en sus escasos momentos reactivos, cuando el hastío o la impaciencia lo abruma-ban, la hubiera enviado a los diablos, de no existir “Chingolo”. Toda la poesía de su alma tímida y aniñada, vibraba en este alado sobrenombre.
“Chingolo” era el fruto de un ardor pasajero, causa de continuos renunciamientos, y espejo de venturoso porvenir. Dos lustros cantaban historias en sus rosadas mejillas. Y en esas rosadas mejillas contemplaba Pedro David el pronóstico de una lozana existencia.
Si a Pedro David le quitaban su “Chingolo”, se moría: tan concen-tradas tenía en el muchacho la ilusión de su vida y la bondad de su corazón. Por ello, soportaba las impertinencias y extralimitaciones de aquella mujer, madre de aquel hijo, su único hijo. Tal vez fuera un pretexto de irresolución y desánimo, pero, si ella se iba, se iría “Chingolo”. “Chingolo” amaba a su madre más que a Pedro David, y Pedro David lo sabía.
Pedro David, chiquito, delgado, tirando a rubio, sólo buscaba venturas para el muchacho. Mientras él no naciera, fue un manirroto dilapidador. Después, ahorrando centavo a centavo, vio aumentarse los pesos, y acumulando los pesos, ahora no lo ahorcaban por muchos millares de ellos. Cuando tuviese “Chingolo” los veinte, quizás tintineasen millones. Cuando tuviese los treinta, sería rico y famoso, ya casado con una linda mujer, a su gusto escogida y muy bien elegida. Y sería feliz. Y él, Pedro David, contemplaría extasiado el gozo del hijo, y, babeante, limpiarla las babas de sus retoños parleros.
Así soñaba a menudo Pedro David, encantado. “¡Hala, hala; al trabajo, Pedro David!”.

II

Cierto compatriota sin empleo le habló de las ventajas de un auto de alquiler. Presentóse la ocasión de adquirirlo, ya usado, en magnífica propuesta, y Pedro David ascendió ese tramo en la escala del mundo. Arregláronse ambos fácilmente: socio industrial y socio capitalista dividi-rían a medias el fruto del trabajo del primero. Doce horas formaban su jornada. Las restantes quedaban al arbitrio de Pedro David.
Eran muchas horas. Pedro David, buscando mayor rendimiento al dinero aportado, aprendió en pocos días a conducir. Así, en los momentos de holganza, cuando el cuerpo le dijese que sí, saldría a ganarse unos pesos. Pesos guardados con cauta prudencia para “Chingolo”. Nadie en su casa sabía la compra, ni husmeaba el lindo negocio.
Una tarde, anocheciendo ya, decidió lanzarse al trabajo. Estaba algo cansado, pero una leve llovizna auguraba bastantes clientes. Su socio, aquejado por acerba dolencia, no podía exceder su jornada.
Salió del garage. Las calles de la ciudad dormitaban en una tenue semipenumbra. Los escasos transeúntes deambulaban premiosos, saltan-do los charcos y masas barrosas. Los focos eléctricos aún no brillaban, y las casas laderas entornaban sus puertas en cuya seca pintura las gotas de agua fingían lágrimas temblantes y correderas. Pedro David, el volante entre las manos, sintió un placer inefable. Su prosaica existencia buscó la revancha de tantas penurias. Sobre el afán ventajero, la suerte plasmó en su tímida mente el encanto de una marcha forzada. La cancha mostrábase abierta, limpia de trabas y estorbos.
Fue creciendo el impulso del auto. Pedro David, niño estrenando juguete, desfogaba su continencia de excesos, y echaba a los vientos su tímida audacia, en un loco sorber la rápida brisa.
Las paralelas tranviarias encauzaban su empuje. Cada esquina era un sonar retumbante del rítmico claxon. Entre las nubes, iba huyendo el tronar de la ruda tormenta.
Pedro David se sentía un gigante. El abismo de la marcha violenta succionaba sus preocupaciones, bajo el acicate del afán engullidor de kilómetros.
Su eterna prudencia, su suave cortedad, sus ideas, sus proyectos, su íntegra estructura moral, perecían momentáneamente. El mismo “Chingolo” moría. Todo se iba esfumando. Sólo perduraba el hombre, y en el hombre, la breve exaltación a lo sublime, la triunfante rebelión contra lo diario.
Fueron pocos segundos de independencia.
En una esquina, un bulto blanco cruzando la calle. Luz escasa. Gran torpeza. Y el bulto, con un gemido, vuela hasta la acera.
El vehículo a cierta distancia, se detiene. Y en este momento reviven la eterna prudencia, los cotidianos proyectos, revive “Chingolo”. Y el auto reinicia su marcha.

III


En el garage, Pedro David reflexionaba. Había llegado allí tras mucho correr la ciudad espantado por el hecho, y con un balancear de intenciones en su espíritu.
Si no la tranquilidad, poseía de nuevo la aptitud de sopesar causas, efectos y probabilidades.
Su espíritu justiciero le impelía a entregarse. Su espíritu humanita-rio se espantaba ante su huida. Su espíritu paternal se rebelaba contra el destino, maldiciendo a la fatalidad que podía deshacer en un momento la labor de tantos años.
Varias veces llegaron a él los ramalazos de un arrepentimiento. Varias veces estuvo a punto de gritar su pena y su culpa. Si durante la loca carrera por las calles había evitado, atento a las maniobras, el engarce de propias acusaciones, ahora, ya escondido en el garaje, nada podía impe-dirlo.
Tentó su defensa. ¿Qué ganaba el mundo con que se entregara? El mal se había cumplido; nada podía remediarlo. Y necesitaba ser libre por y para “Chingolo”.
¿La penitencia? La cruz de la penitencia pesaría sobre sus hombros una vida entera.
¿La justicia humana? Quizás ante la justicia humana pudiera salvarse, pues el bulto se le vino a las medas. Pero sería un despilfarrar dinero, el dinero de su hijo “Chingolo”.
Una sola idea batía todas las argucias defensivas: “¿Por qué no ayudaste a ese pobre?”. Y necesitaba para contrarrestarla pensar mucho en “Chingolo”: en “Chingolo” cuando bebé, más tarde, ahora con sus doce años. Con sus doce años y una corneta infantil que lanza todos los amaneceres su “Tarariii...” tocando diana. Con sus doce años, su sencilla inocencia, y su lozana existencia. Con sus doce años y la sangre de su sangre, y la carne de su carne, y el alma de su alma. ¡Y la vida de su vida! Porque, con “Chingolo”, Pedro David había vencido a la muerte. Era el mismo proyectado hacia la eternidad. Como el hijo de “Chingolo” seria Pedro David proyectado hacia la eternidad.
¡La eternidad! ¡La muerte! ¡Pensar que aquella criatura tenía que morir!
Tal idea le produjo dentera, haciéndole levantarse nervioso y pasear a largas zancadas. Y entonces recordó la sangre. La sangre del bulto.
Con su linterna inspeccionó el vehículo. Lentamente. Piadosamen-te. Sólo el guardabarros mostraba sus rastros.
Agua. Un trapo. Todo iba bien...
Y al irse borrando la mancha, Pedro David sintió nacer una euforia creciente.
— ¡Tarariii...!
Sus labios:
— ¡Tarariii...!

IV


Ya llega Pedro David a su casa. Ya no reflexiona Pedro David: sólo la mole de la reciente tragedia abruma su mente. Y corno recuerdo de tantos pensamientos, va modulando en voz baja el sonar de aquella corneta infantil.
— ¡Tarariii...!
Sus pies marcan el paso, golpeando la acera con ruda torpeza.
La puerta de la calle está abierta. La cruza tranquilo, como si fuera costumbre franquearla a tal hora, como si fuera normal encontrarla así abierta. Dentro, en el jardín diminuto, con un foco venciendo tinieblas, hay personas que hablaban y callan al verlo. Esto le extraña; le extrañan aquellas personas, y le extraña su extraño silencio.
Breve es la duda: son policías que aguardan su presa. Nada se debe de hacer: el destino ha dispuesto ese fin.
Piensa entregarse. Después, esperar su prisión. Pero, como ellos se quedan tranquilos, hechos sombras en las sombras clareadas, sospecha la debilidad piadosa de permitirle una despedida, abate la cabeza y hacia el hogar se dirige.
¿Más gente adentro del hogar? ¿Faldas y faldas por medio?
¿Qué ocurre?
Pedro David se detiene intranquilo. Escucha. Avizora. Percibe el rumor de sollozos hirientes. Avanza unos pasos. Es la alcoba de todos.
Y en la alcoba de todos unas luces muy raras. Y en la alcoba de todo una mole que avanza y se ciñe a su cuello. Y en la alcoba de todos unos gritos horribles que cuentan la muerte del niño, unos gritos horribles maldiciendo al chauffeur despiadado. En el lecho, “Chingolo” tendido. En el aire, se huele la cera.
Y Pedro David se desploma. Y entre alaridos y bajo el espantoso ulular de la hembra, Pedro David, cerrados los ojos, pálido el rostro afilado, va modulando, en su boca, el sonar de aquella corneta infantil:
—¡Tarariii...!
Un soplo de viento conmueve las luces.

Del libro “Hooohh lo saiyoby”, 1935.

JOSE SANTIAGO VILLAREJO
(Asunción, 1907 - 1996)
Periodista, narrador y ensayista. Sus estudios universitarios los realiza en Madrid (España), donde se inicia como escritor con colaboraciones en revistas.
Gana un premio en la capital argentina con el cuento Eva y Adán en un concurso patrocinado por el “Ateneo Bartolomé Mitre” en la década del treinta. Villarejo fue también actor (como oficial de reserva) en el trágico conflicto chaqueño.
Autor de Ocho hombres (1934), una de las mejores novelas de la Guerra del Chaco, obra en la que nos expone la historia de varios combatientes reunidos por la casualidad, en la misma unidad. Los hombres que nos presenta están descritos como sencillos seres humanos que en el peligro reaccionan como tales y no como héroes acartonados. Esta perspectiva de su narrativa es considerada la más valiosa, sobre todo teniendo presente la época en que aparece y la realidad de la literatura paraguaya de entonces. Otros aciertos que se pueden señalar son la utilización de la segunda persona y los cambios de puntos de vista.
Entre sus publicaciones posterio-res a 1940 figuran: Cabeza de invasión (1944), otra novela muy elogiada por la prensa, Ojoooh lo Sayyuvy (1944), serie de relatos, Eutimio Salinas (1986), hasta la fecha su última novela publicada, y varios cuentos y ensayos aparecidos en diversos periódicos, revistas y antologías literarias.

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