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La luna en la almohada
La revelación se concretó en fórmula mágica
cierta noche que se agitaba en su lecho, insomne. La ventana abierta le
traía la luna a la almohada. Inmerso en esa claridad fría
y azulina, el profesor Martínez intuyó, de repente, que
le era posible partir la idea como si fuera un átomo, desasirla,
extraerla de su costra externa, cual se rompe la cáscara dura para
gustar sin estorbos el fruto tierno. Entonces podía remontarse
indefinida-mente por los caminos del ensueño. Porque, ¿qué
era, en esencia, la realidad externa? ¡Cáscaras, puras cáscaras!
Palabra esdrújula. Todas las esdrújulas trisilábicas
son contundentes, definitivas, no admiten réplica.
El meollo del misterio consistía en hallar la fisura. Siempre había
una fisura en la rígida superficie de todas las cosas. Había
que tantear pacientemente hasta dar con ella. Entonces se presionaba con
el filo de la voluntad concentrada, se ensanchaba la hendidura y la cáscara
estallaba en pedazos. El éxito exigía, eso sí, práctica
reiterada y constante. La frecuentación era el resorte principal
del sistema para que se produjera el tránsito. Estaban
también, es cierto, los estimulantes del paisaje físico
la realidad ficticia llamaba ahora el profesor Martínez a
esa circunstan-cia externa ; pero no debía olvidarse que
ese alimento para la ensoñación, proporcionado por los sentidos,
tenía sus peligros; exigía dosificaciones homeopáticas.
El resto tenía que ser almacenado, antes de gustar el puro deleite
de la ensoñación. Si no se adoptaba esa prudente medida,
se corría el riesgo de intoxicarse con la mera acción, el
riesgo de que su peso impidiera la agilidad del vuelo por los rumbos del
ensueño.
Se asomó a la ventana interna de su alta habitación. Un
pobre panorama de tejados y patios. Abajo, el recinto cuadrado del inquilinato
se azulaba en el crepúsculo y bajo la copa del yvapovo se espesaba
ya la noche. Como todas las tardes a esa hora, el patio arenoso con la
letrina en medio se enfriaba lentamente en soledad. Era el momento en
que la chiquillería magra y morena lo despoblaba para correr la
calle. Una sola presencia lo animaba ahora. La chica agitaba su pantalla
de palma para acrecentar la llama bajo las patas de la olla. El fuego
de los dos leños, aventado por la pantalla, chisporroteaba avivando
su fulgor sólo un instante; luego se reducía en la sombra
del yvapovó hasta semejar la lumbre de un cigarrillo. Un paisaje
desolado, ciertamente; sórdido y triste, que la sola majestad del
árbol no lograba enaltecer. Podía estimular únicamente
al sexo, con la clandestina complicidad de una asociación de imágenes
derivadas por sinestesia del movimiento de aquellas piernas adolescentes.
Pero debía huir del sexo. Abandonó el paisaje a su soledad
y se asomó a la otra ventana, sobre la calle ruidosa. Enardecido
por el chillido de la radio, el sastre del portal pegaba sus últimas
puntadas antes de cerrar la tienda. Insensibles a las estridencias de
los bocinazos, los vendedores de baratijas hacían recuento en la
acera, encajonando su mercadería. Los vehículos se deslizaban
con la tenacidad de una fila afanosa de hormigas.
Más lejos, las frondas del barrio residencial habían tocado
sus verdores por un pardo oscuro, borroso, moteado de luces incipientes.
No estimulaban, tampoco, ninguna alucinación óptica. Solamente
la luz de las mañanas hacía vibrar el verde de ese paisaje
envolviendo las lejanías en nacarados cendales neblinosos. El filo
de la concentración podía entonces según experiencia
comprobada anteriormente herir la fisura de la realidad ficticia.
El profesor Martínez galopaba por las praderas empapadas de rocío,
jalonadas por el grito de los teros asustados. Desde las lagunas alzaban
vuelo las garzas rosadas remedando fantasías de biombo chino. Luego
el campo, ardiendo al sol, empolvaba sus palmeras con las nubes arrancadas
de la tierra por el rebaño de reses mugientes. Cuando trotaba de
vuelta a las casas de la estancia, recibía en el rostro, en el
cuello sudoroso, en las manos que sostenían las riendas, como regalo
de frescos manantiales, esa brisa perfumada de monte, de retama, de alfalfa
que las colinas esparcían. El baño confortador, el almuerzo
suculento y después la siesta en el dormi-torio sombroso, de enfriados
mosaicos.
Sonaron golpes en la puerta. ¿Por qué tan pronto? ¿Por
qué inte-rrumpir esa siesta deliciosa? Los golpes insistían,
premiosos.
Sí; adelante, dijo malhumorado.
La puerta se abrió y en el leve resplandor brotado del pasillo,
el profesor advirtió la cara redonda de la patrona de la pensión.
¿Cómo? ¿Otra vez acostado sin cenar?
Acabo de comer copiosamente...
Mentira; estuvo encerrado toda la tarde... Le voy a traer un vaso
de leche... Va a comer también un pedazo de sopa Paraguay, que
está muy rica...
Sí, sí; como quiera; muchas gracias...
La eficiencia técnica del profesor Martínez se resentía.
Su asistencia a las clases, antes ejemplar, experimentaba irregulares
fallas inexplicables. En mitad de una exposición clara y razonada,
callaba repentinamente ante el auditorio desconcertado. Su atención
se había desvanecido como por encanto y los alumnos advertían
estupefactos que el maestro respetado hasta entonces por su competencia,
los había abandonado. Estaba ausente del aula, indiferente al bullicio
provocado por la lección interrumpida. Un día, tras una
de esas fugas introspectivas, la presencia inusitada del director lo devolvió
a la realidad ficticia de la clase. No había advertido
tan siquiera el desorden que alarmara a los bedeles y que atrajo al director.
Le pidieron explicaciones que no supo dar.
Le resultaba absurdo, por su parte, que reclamaran su cooperación
para esfuerzos insignificantes, sin ninguna importancia verdadera. ¿Para
qué? Cuando podía abandonar sin pena alguna, en cualquier
momento, su papel desteñido de partiquino o saltar de la platea
al escenario para asumir el rol protagónico.
Los parlamentos brotaban de su garganta como inspiración regalada
por los dioses con el lenguaje de luz de candilejas. Cada ademán,
cada vibración sutil de sus palabras mágicas resonaba en
el auditorio en trance como un deslumbramiento. Arrobada, la muchedumbre
envolvía la figura del arquetipo en cálidos aplausos estremecidos
de entusiasmo.
O, mejor aún la ciencia quirúrgica que el arte histriónico.
Desde el recinto circular que coronaba por lo alto la gran sala de operaciones,
profesores, médicos y estudiantes sumidos en atento silencio admirativo
seguían el movimiento de esas manos rápidas, seguras, prodigiosas,
que de las entrañas abiertas del cuerpo yacente bajo el inmenso
reflector, subían hasta la altura de los hombros en demanda impaciente
de filosos bisturís de pinzas para apresar nervios y arterias.
Luego brotaba la orden perentoria tras la careta de gasa.
Cierren...
Murmullos de asombro rompían la tensa expectativa. La difícil,
la extraordinaria operación concluía con éxito increíble.
La mano suave de la enfermera enjugaba reverente el sudor de su frente;
se despojaba de los guantes de goma y, con paso elástico, el profesor
abandonaba la sala hasta que llegara la hora del próximo milagro.
Mas, ¿no podía acaso la potencia de esa mente genial aliviar,
en despliegues menos espectaculares, el dolor que afligía a la
pobre humani-dad? La labor silenciosa y fructífera de pacientes
investigaciones lo llevaban, por fin, a sensacionales descubrimientos:
la terapéutica del cáncer coronada por la eficacia; la supresión
del terrible flagelo gracias a la potencia de su genio; la geriatría
llevada a su máxima eficiencia para prolongar los días del
hombre como milagrosa fuente de eterna juventud; la arteriosclerosis suprimida
por sus nuevos medios de lubricar arterias endurecidas... ¡Qué
inmensa sensación de fuerza y potencia!... Sí; era casi
una sensación parecida a la de convertirse en Dios!... Agobiaba.
La función estelar reclamaba descanso: temporadas de reposo en
su villa de la Riviera dei Fiori, cercana a San Reno. Luego del desayuno
en la terraza y de podar sus rosales, descendía hasta el mar por
los pinares sombríos, moteados de cipreses y limoneros. A tostarse
al sol, a tomar su baño en el Mediterráneo azul. Después,
vigorizado, le esperaba el almuerzo de trenette, regado con el Polcevera
o el Carpi di Pino, que guardaban sus bodegas. Por las tardes, la Riviera
de Ponente iba agrandando sombras coloreadas sobre los olivares.
Para apresar la belleza del momento fugaz, el profesor se ponía
a pintar, enfrentando al ámbito transparente. Con trazos seguros,
inspirados, extendía los colores sobre la tela dócil; de
rasgo en rasgo, al conjuro de las pinceladas, surgían luces, colores,
formas y la belleza fugacísima, transi-toria del instante, quedaba
apresada para siempre en la obra de arte que los museos del mundo se disputarían.
Caían las sombras quietas, tibias como caricias. De las casette
del promontorio subían hasta los jardines de la villa trémolos
de canciones punteadas de mandolina, y el olor del pesto y del bacalao.
Pero había que detenerse en esa ensoñación tan plástica.
Esos nocturnos cómplices, cargados de lujuria, llevaban al sexo.
Lo advertía en la boca reseca, sedienta de salacidad.
Abandonó sus clases. Fueron inútiles los requerimientos
de colegas y directores. La patrona tenía orden de interferir las
molestas intromisiones, de contestar que se hallaba ausente cuando lo
llamaban por teléfono. El profesor Martínez había
huido, evadido para siempre de la opaca realidad ficticia. Inmerso en
su propio mundo alucinado, corría libremente, despojado de toda
atadura, los caminos imposibles del sueño.
Desasido por completo de su circunstancia externa, acrecentó su
soledad porque en ella, sólo con ella, lograba la dicha imponderable.
Ya nada ni nadie podía proporcionarle gozo semejante al que extraía
de su propio ser. En su pobre cuarto de pensión, aislado de todos,
tendido en el lecho con los ojos cerrados, viajaba por todos los rincones
de la ensoñación, desde una antípoda a otra antípoda.
Los estados placenteros no invadían su alma por la vía física
de los sentidos, pobres medios sólo capaces de extraer sensaciones
de la realidad ficticia. Había vencido su atenazante salacidad
diluyéndola en aquel nirvana de aplacado deleite duradero, como
si hubiera logrado su espasmo en monstruosa, agónica eyaculación
definitiva...
Desplazado del tiempo, desubicado, fluía en cierta oscilación
pen-dular, sin geometría ni cinética, entre la sombra amorfa
y el contorno iluminado, preciso; alternando caprichosamente la inconsciencia
gustosa, sedante, libre con la rebuscada alucinación plástica,
precisa, vívida.
Si las sombras se espesaban demasiado, en espera de su luna, salía
al ruedo del sol en compás del pasodoble, el capotillo de paseo
recogido en la cintura juncal. La marcha airosa, con cadencias de Albeniz,
mordía la blanca arena abrazada. Trágico muñeco vestido
de oro y raso, su traje de luces recogía colores del santoral,
como las recamadas casullas sacerdotales, para oficiar su misa al peligro.
Templado, lento, en armonioso éxtasis, prendía al toro en
el capote y las verónicas se sucedían interminables hasta
que la muchedumbre gritaba ¡basta!, enloquecida. A la hora de la
verdad, con la muleta ceñida a la cadera, enlazaba naturales mientras
los pitones le rasgaban la seda del traje, en la ingle. Sólo entonces
remataba la suerte dando salida al toro con espectacular pase de pecho.
Luego, erguido ante la bestia jadeante, con el estoque perfilado sobre
el testuz vencido, buscaba certero el corazón. Pero el ruedo blanco
se manchaba de sangre y la sangre estremecía su arrobo.
Despreciados los halagos vanidosos del inundo, el fervor embriaga-dor
de las muchedumbres, buscó paz y sosiego en su granja paraguaya.
El mejor hallazgo. La casa blanca en jugosos verdes sumergida. Sin hormigas
ni sequías que atacaran los cultivos, sin malas cosechas ni problemas
laborales, sin achaques físicos ni inquietudes crematísticas.
Bebía leche ordeñada de sus vacas, comía carne de
sus reses y hortalizas de la propia huerta. Cuando la campaña se
enfriaba en los crepúsculos estivales, arrullada por el estridor
de las últimas chicharras demoradas, salía refres-cado del
arroyo y se acomodaba en los amplios corredores, rodeado de perros fieles.
El capataz se acercaba a rendir cuenta de la jornada cumplida, mientras
bebía sin prisas el trago amistoso brindado por el patrón.
La servidumbre de la casa lo animaba con sus pequeños afanes cotidianos.
La luz del comedor iluminaba los blancos manteles tendidos para la cena
tranquila. Luego le esperaba el libro abierto bajo la lámpara propicia
y el fresco lecho del descanso, sin sueños, torturantes, sin tentaciones
de sexo. En pleno embeleso alucinado, advertía confusamente que
allí, sólo allí, en la cálida dulzura del
hogar que nunca conoció, residía la dicha verdadera; la
mezquina y esperanzada dicha humana que el profesor Martínez buscara
infructuosamente, ayudado por todo el poder de su potencia mágica,
endiendo desesperado todas las fisuras de la realidad ficticia. Llegaba,
por fin, el anhelado descanso, el abandono insospechado, delicioso, como
la primera muerte blanca de su sexo.
Pero, brotados absurdamente de la realidad ficticia, surgieron en-tonces
ciertos hombres desconocidos, vestidos de blanco, y se lo llevaron en
una ambulancia también blanca. Largos corredores grises lo tragaron,
exhibiéndole al paso altas ventanas cuyas rejas reticulaban un
cielo indiferente y desteñido. Desolada angustia; caer y caer en
el negro pozo sin fondo. El oprobio de otras crueles voluntades sobre
la suya avasallada, muerta. La noche sin alba y sin estrellas. El pobre
profesor Martínez sólo conservaba su luna, derramada en
la almohada. Era todo y no era nada. Apenas un fulgor frío sin
radiaciones vitales. ¿Le bastaría para el tránsito?
Del libro Grillos
de la duda, 1966.
CARLOS ZUBIZARRETA
(Asunción, 1904-1972)
Poeta en los años de su iniciación, narrador y ensayista.
Considerado uno de los grandes prosistas paraguayos.
Carlos Zubizarreta ha dejado páginas inolvidables del paisaje,
el folklore y las costumbres tradicio-nales del Paraguay en sus conocidos
relatos de Acuarelas paraguayas (1940).
Sentía una gran pasión por la historia, especialmente
por la etapa de exploración y conquista de los españoles
en América que inspira libros de delicada prosa y amena lectura
con un interés novelesco más que de cronista. Tal el caso
de Capitanes de la aventura (1957), ensayos sobre dos figuras de la
conquista (Martínez de Irala y Cabeza de Vaca)
Otros títulos representativos de su producción literaria
son: Historia de mi ciudad (1965), Cien vidas paraguayas (1961), Los
grillos de la duda (colección de cuentos, 1966), y Crónica
y ensayo (1969)
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El Ministerio de Agricultura y Ganadería junto con el Fondo Ganadero, la Asociación Rural del Paraguay (ARP), las Fuerzas Armadas, Bomberos Voluntarios, Organización Guyra Paraguay, entre otros, iniciaron este jueves 2 de setiembre, la campaña para concientizar a los ciudadanos sobre los incendios forestales “Paraguay contra el fuego”. “La campaña tiene el propósito de motivar a la población mediante los medios de comunicación para concientizar sobre la problemática” declaró el titular de la cartera agropecuaria, Enzo Cardozo Jiménez.
Debido al intenso periodo de sequía que se espera en el país a causa del fenómeno La Niña, representantes del sector público y privado se unen en esta campaña para prevención y combate de incendios forestales y quema indiscriminada de pastizales.
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El martes 7 de Septiembre, a las 10:00 horas, representantes del Partido Humanista y el Frente Guasu de Asunción suscribirán un acuerdo político en el marco de las próximas elecciones municipales. A partir de de este acuerdo el Partido Humanista se suma a la lista de partidos y movimientos que apoyan la candidatura de Canese para las elecciones de noviembre.
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