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La fuga



Se sentó y enseguida se levantó. Caminó un rato por la pieza. Parecía que dudaba entre salir y quedarse. Daba la impresión de que estaba impaciente e intranquilo. Fue hasta la puerta y quedóse un rato indeciso con el picaporte en la mano. Era una mano larga, flaca y llena de manchas. Giró a medias el picaporte y vacilando lo saltó. Se llevó la mano derecha a la boca para atusarse un bigote inexistente. Entonces recordó que esa mañana en casa de Olazábal, donde se había cambiado apresuradamente sus ropas de militar por un traje que le prestó su amigo, se afeitó los bigotes para desfigurar en parte su rostro tan conocido en Asunción. Sus ojos negros, pestañudos, miraban hacia adelante como alelados. De pronto, su mirada perdió esa expresión de vaguedad, y se fijó en la lámpara que estaba sobre la mesa, como si la viese por primera vez. Lo que más le gustaba de esa lámpara era su pie de porcelana con flores en relieve. Era una antigua lámpara de kerosén transformada en lámpara eléctrica. Esa lámpara estuvo muchos años en la sala de su tía Juanita, una solterona amable y conver-sadora, que se la obsequió cuando lo ascendieron a capitán. Las veces que iba a casa de su tía ponderaba esa lámpara, y tantas veces lo hizo, que su tía lo interpretó como una forma discreta de pedírsela, y se la regaló. Pero era una torpeza y pérdida de tiempo que en este momento se pusiera a pensar en cosas ajenas a su crítica situación. Debía tomar una resolución, o esconderse unos días, o ahora mismo, aprovechando la oscuridad de la noche, cruzar la ciudad e ir hasta el río a embarcarse en un bote que lo llevase a tierra extranjera... Creyó oír los pasos del centinela que durante tres años de prisión, hasta el día anterior, pasaba y volvía a pasar por delante de la puerta de su celda. Noche y día, día y noche. Se había repetido tanto ese ir y venir, que ahora, ya lejos de la prisión, aún lo creía oír. Tres años preso es mucho tiempo para que no dejen huellas profundas en el espíritu y en la memoria, y uno no se lleve consigo esos recuerdos adonde vaya. Tal vez nunca más se le borrasen. Viviría el resto de sus días como rodeado siempre por los cuatro muros de la celda... Fue una imprudencia, que podría comprometer a Olazábal, haberle dejado su uniforme. Olazábal no era militar, y si la policía encontraba un uniforme en su casa enseguida sospecharía que era el suyo y con los interrogatorios conseguirían el resto. Seguro que la casa de Olazábal sería el primer sitio adonde caería la policía, a husmearlo y escarbarlo todo, como perros que buscan un hueso. Le hablaría por teléfono, pero el teléfono que solía estar sobre aquella mesita, no estaba. ¡Claro! Después de tres años sin nadie que pagase las facturas, lo habrían retirado. No se puede estar tres años preso y a la vez conservar el teléfono, a no ser que alguien lo pague. De nuevo le pareció oír los pasos del centinela, tan precisos y fuertes resonaban, que Diego Almada abrió la puerta y se asomó a mirar afuera. Una oscuridad profunda se extendía más allá de la puerta, tan honda como si estuviese en el borde de un abismo sin fondo. Una oscuridad verdaderamente impresionante como no la había visto en toda su vida... Olazábal no era tonto, y ya habría hecho algo con el uniforme. Durante un año había planeado esta fuga con Olazábal, todos los detalles, uno por uno. Lo más difícil fue descolgarse por el alto muro con la cuerda que Olazábal había conseguido hacerle llegar por medio de esa chipera que vendía chipá y asucapé en la cárcel. Pero lo que más facilitó su huida fue el uniforme que llevaba puesto. Eso sí que era algo incompren-sible y a la vez providencial, que le permitieran usar su uniforme en la prisión. Con el uniforme, los soldados y guardias lo tomaron por un jefe de los tantos que andaban por allí... Al dar unos pasos le pareció tropezar con la banqueta de la prisión. Se agachó para recogerla y entonces advirtió que era una pequeña silla baja de la salita. La había confundido con la banqueta. No se liberaría nunca de ese pasado odioso. Cualquier objeto, cualquier ruido los confundía con recuerdos de sus tres años de encierro.
De seguir viviendo así mejor era volver otra vez a la prisión, porque su libertad era aparente... Al meter la mano en uno de los bolsillos del saco de Olazábal encontró un papel. Era el recorte de una hoja de diario. Lo desdobló y leyó un título a tres columnas. “El capitán Diego Almada se fugó de la prisión. Se espera detenerlo de un momento a otro.” Y luego se relataba cómo había escapado y se referían sus antecedentes de peligroso conspirador político. Muchos datos de la fuga eran inexactos, inventados por el cronista. Estaba recortado de un número de La Tribuna del cinco de mayo, y hoy era cinco de julio. Eso lo sorprendió mucho a Almada, porque esa crónica narraba su fuga de la noche antes como si hubiese ocurrido dos meses atrás. ¡Qué extraño! Pero si la crónica a pesar de sus errores e inexactitudes de detalles fuera exacta en cuanto a la fecha, ¿dónde había estado durante esos dos meses, entre el momento de su fuga y la llegada esta noche a su casa? Se le ocurrió que si su fuga hubiese sucedido dos meses atrás no podría recordar con la precisión con que recordaba el empleo de su tiempo en el día de ayer, minuto a minuto. Se había levantado a las seis de la mañana al toque de la campana; luego había ido, con otros presos políticos, al retrete y a lavarse en unas piletas en el patio. Después, tomó su mate cocido con un pedazo de pan duro como piedra. Media hora de recreo, etc., etc. Pero de pronto se turbó porque todo lo que hizo la víspera de su fuga pudo hacerlo dos meses atrás, porque durante los tres años de prisión todos los días fueron iguales, repetidos, y no podía decir cuál era anterior o posterior. Desde el primero al último todos con el mismo calor, las mismas miserias y las mismas palabras. Recogió el recorte que había dejado caer al suelo. Comenzó a leerlo de nuevo. Podía ser también otro capitán Almada. En Asunción había otros Almadas, y como en la crónica daban dos o tres detalles que no coincidían con lo sucedido en su fuga, podía tratarse de otro escapado. Él no había amordazado ni desnudado a un guardia para vestirse con su uniforme y confundirse con los otros guardias. Sin duda que no se trataba de su fuga, sino de la de otro Diego Almada, también capitán como él. Otro Almada que había huido de la prisión dos meses antes... Creyó oír de nuevo los pasos del centinela. Lo obsesionaba y torturaba ese recuerdo. Su vida estaba ya rota, herida para siempre por esa sensación infame del centinela pasando y repasando por delante de su puerta. Donde fuese lo perseguiría ese recuerdo hediondo. Le sería imposible vivir con ese recuerdo, porque la verdad es que hay recuerdos que corrompen toda una vida y a los cuales sólo se los puede borrar borrándose uno del mundo. Y el capitán Almada sacó del bolsillo de su pantalón una lima, cuya punta la había ido afilando, y afilando, en esos tres años de prisión, hasta ponerla aguda como un alfiler. La llevaba consigo tal vez con la idea subconsciente de que llegaría este momento. Creyó oír ruido detrás de la puerta. Posiblemente lo estarían esperando afuera para apresarlo nuevamente. Recordó que el diario decía que esperaban detenerlo de un momento a otro. Tenía que liberarse de esa persecución. Borrarla definitivamente con la punta de la lima. Se abrió la camisa. Sobre el pecho desnudo, en el sitio del corazón, apareció un pequeño círculo rojo. Lo miró asombrado. No recordaba haberlo visto antes. Podría ser que se lo hubiese dibujado en la prisión mientras afilaba pacientemente su lima, en todo ese tiempo que estuvo preso. Se arrodilló, apoyó la punta de la lima en el centro del círculo rojo y sintió como la punta afinada penetraba lentamente en su carne, sin dolor, sin perder una gota de sangre, como si la lima no lo hiriese, como si en lugar de ser un hecho terrible fuera un juego. Y de pronto comenzó a sonar desesperadamente el teléfono. El capitán Almada comprendió que era Olazábal que, angustiado por su preocupación de que encontrasen el uniforme, lo llamaba para avisarle que lo había quemado. Como no tenía fuerzas para levantarse, extendió una mano en dirección del teléfono y, al querer agarrarlo, cayó de espaldas. Fue en ese momento que recordó que ese dibujo en el pecho no se lo pintó en la prisión, sino cuando niño, con la misma tinta roja con que hacía sus deberes de escolar un día en que jugando quiso saber el sitio en que tenía el corazón.
Del libro ”Cuentos Completos”, 1984.


GABRIEL CASACCIA
(Asunción, 1907 - Buenos Aires, 1980)
Cuentista, novelista, dramaturgo y periodista. Considerado el fundador de la narrativa paraguaya contemporánea. Casaccia nació en Asunción pero vivió la mayor parte de su vida en la Argentina – en Bs. As., tras la revolución de 1947 en voluntario exilio -, donde también escribió y publicó casi todas sus obras y donde falleció en noviembre de 1980.
De niño y adolescente pasó sus horas felices en Areguá, lugar que el autor utiliza como escenario de sus obras. Casaccia la convirtió en el escenario de lo que más odia y no de lo que más ama, él mismo se refiere a esta situación: “Algo que quiero anotar aquí porque debe tener un sentido es que todas mis novelas, con excepción de una, están situadas en Areguá, un pequeño pueblo que yo llamo el país de mi infancia... para mí ese pueblo tiene un poderoso poder evocativo y creativo. Representa para mi creación lo que la amada para los poetas románticos. Por más lejos que esté de Areguá siempre vuelvo allí con mi imaginación para crear. Puesto a analizar este hecho, la conclusión que saco es que quizás mis novelas no sean más que una continua búsqueda de ese pasado que quedó en Aregua.”
El total de su producción literaria consta de diez títulos que incluyen siete novelas, dos colecciones de cuentos —El Guajhú (1938) y El pozo (1947)— y una obra de teatro El bandolero (1932).
En 1930 apareció Hombres, mujeres y fantoches, su primera novela; luego Mario Pareda (1940), su segunda novela, y en 1980, pocos días antes de su muerte, terminó el manuscrito de Los Huerta (novela publicada póstumamente en 1981), su último libro. Sus obras más importantes son tres novelas: La babosa (1952), La llaga (1963) y Los exiliados (1966), dos de las cuales (La llaga y Los exiliados) han sido premiadas en concursos internacionales. Su única obra no publicada en Buenos Aires, Los herederos, apareció en España en 1975.

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