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Crónica verídica del suceso
de Caacupé
La extraña promesa de Aparicio Paniagua Garcete.
Nuevos datos sobre
el personaje.
Según las versiones recogidas por este
corresponsal en el lugar del hecho, lo ocurrido tiene en sus antecedentes
otras variantes bastante sugestivas. El delincuente, hacia las cuatro
de la mañana del día 8, se habría acercado al puesto
de refrescos que se alza precariamente como a cien metros del puesto de
guardia militar. El puesto de guardia es, como se sabe, pero la oposición
se lo calla insidiosamente obedeciendo a sus inescrutables propósitos,
también un puesto radiotelefónico que habla a las claras
del afán de progreso que conmueve a la República. El delincuente,
a la hora susodicha, pasó por frente a ese puesto confundido en
los islotes andantes de peregrinos, como es rutinariamente normal en esos
festejos de nuestro cristiano pueblo. El propietario del puesto de refrescos
que es, al parecer, el mismo sirioiibanés de que habla Roa
Bastos en su despacho periodístico del suceso, no recuerda
exactamente, según informó a este corresponsal, lo que se
haya bebido el delincuente. (Nosotros podemos afirmar sin temor a equivocarnos
que, dada su fechoría posterior, el delincuente debió comenzar
a beber ahí algo menos inocente que coca cola o mirinda). "Lo
que me llamó la atención en él, dijo el siriolibanés,
fue su extraño aire de cansancio y, confundida en el Chorro del
sudor, esa prenda demasiado conocida que llevaba". La cadenilla famosa,
agregamos nosotros, robada a la sagrada efigie en agosto del año
próximo pasado y que, por casualidad, portaba al cuello el delincuente.
El siriolibanés, que el corresponsal de nuestro colega "La
Tarde" nombra como Don Sota, y el oficial de policía actuante
como Don Soba, siguió informando con todo detalle a este cronista
sobre otras minuciosas particularidades del sujeto de las que fue testigo
presencial y de otras, que dijo, fue sólo un interesado escucha.
"Por aquí pasa mucha gente, señor periodista, y como
yo sé que usted viene de parte de una revista tan seria como es
"Nosotros", voy a decirle con muchísimo gusto todo lo
que sé de este sonado caso".
Revelaciones esclarecedoras del siriolibanés.
"En el momento en que el forastero se
acercó a mi bolicho, yo estaba medio dormido, como usted comprenderá
señor periodista. Dijo que quería tomar algo fresco. Yo
le di entonces no sé qué cosa, soy un comerciante honrado,
señor periodista, y cuando estaba tomando el contenido de la botella
o del tarro, no me acuerdo bien, miré algo brilloso que enseguida
identifiqué. Era la prenda aquella tan linda que le había
regalado a la Virgen doña Encarnación Garcete de Paniagua
cuando su hijo volvió de la guerra del Chaco. Naturalmente, señor
periodista, yo no soy tan bobo y disimulé. Pero después
pensé enseguida, qué el hombre ese sólo quería
mostrarme para algo esa preciosa prenda. No le dije sin embargo nada,
porque, como le digo, no soy tan bobo. Pero llamé aparte a Pirucha
y le dije textualmente estas palabras: "Andá y avisá
a la Delegación de...".
Etcétera, etc. El siriolibanés
acometió un extenso relato de lo dicho a Pirucha sobre el sujeto,
y luego continuó: "Después se le acercó y le
habló una mujer que parecía tuerta y es la famosa... (Omitimos,
por respeto al delicado gusto de las lectoras de nuestra revista, la inmoral
profesión de la citada mujer cuyo nombre, según las correctas
averiguaciones de nuestro colega de "Noticias" Augusto Roa Bastos,
es María Dominga Otazú, natural del ....). Cuando Pirucha
volvió con un pundonoroso oficial, yo informé detalladamente
de lo visto y oído a este representante del orden público,
quien, como usted sabe señor periodista, tuvo después una
destacada actuación en el suceso".
Como puede apreciarse, esta variante sospechosamente
omitida por los escribas a sueldo de la prensa opositora, conduce los
antecedentes cronológicos de este sonado "afere" mucho
más atrás de lo hasta ahora dicho por la prensa, aún
la veraz y honrada servidora de los intereses del pueblo. En cumplimiento,
pues, de su misión periodística (que es el de buscar y decir
a cualquier precio la verdad, norma sagrada del cuarto poder que nuestra
revista siempre se ha esforzado en cumplir), este corresponsal se puso
inmediatamente a la caza de indicios e informaciones que pudieran aclarar
lo que el siniestro personaje había hecho entre las cuatro y las
nueve de la mañana, hora, como se sabe, cometió lo que bien
se puede calificar de crimen de esa religión.
Confusas actividades del delincuente.
Esas informaciones recogidas laboriosamente
por el cronista dan una serie confusa de actividades y de variantes de
nombres con quienes el lombrosiano sujeto tomó momentánea
y ocasionalmente contacto. Entre estos se cuentan como prominentes una
visita al señor cura y al propio juez de paz (absolutamente infame,
como es mi opinión, dada la integridad cívica y moral de
don Práxedes Caballero, correligionario de recio abolengo, que
no iba a inmiscuirse en una fascinerosa conversación con un individuo
como el que nos ocupa). Este corresponsal quiso conocer lo hablado trabando
una amable entrevista con el señor cura, pero éste pretextó
mucho trabajo para eludir o impedir de manera poco correcta a la prensa
cumplir honestamente con su sagrada labor de informar de todo cuanto interesa
a la comunidad y al pueblo. Protestamos, aunque con respeto, de la actitud
poco democrática y cortés cometida por el señor cura
párroco de Caacupé contra el cronista, y pasamos a comunicar
la estimulante conversación que este corresponsal viajero entablara
con el señor don Práxedes Caballero, hombre como se sabe
honra a la serrana ciudad con su gran integridad ciudadana. Nos dijo,
sobre lo preguntado, el señor don Práxedes Caballero:
"En realidad, el sujeto que nos ocupa
que ya tenía IN MENTES la comisión de su diabólico
delito intentó, a saber para que, trabar contacto amistoso
conmigo. Pero yo, que soy demasiado católico y palpito el corazón
de las personas con sólo ponerle el ojo encima, sospeché
enseguida por la facha de ese ciudadano ciudadano, aclaro, por haber
nacido en nuestra querida patria y no por otra cosa, porque ese sujeto
anticristiano es mejor un legionario o un comunista que un paraguayo,
sospeché que quería meterme en líos inconvenientes
a mi investidura de magistrado y a mi catolicismo. Le mandé decir
que yo estaba descansando, y como insistiera la muchacha que, aunque era
feriado, necesitaba hablarme, le mandé decir otra vez que estaba
trabajando mucho y que dejara de molestar a hora tan temprana y en ese
día de festejo nacional".
Don Práxedes Caballero, nervioso y
como repugnado por el recuerdo del siniestro personaje, siguió
informando amablemente, como es su característica irredarguible
de honrado funcionario público, sobre la mala educación
que demostraba el sujeto criminoso insistiendo en saludar no más
a su "viejo amigo" eso se atrevió a decir el sinvergüenza,
como certeramente lo calificó el mismo don Práxedes,
y como este funcionario, hombre al fin educado y cortés, salió
a la ventana de su público despacho y dijo al individuo estas merecidas
palabras:
"Váyase, badulaque, antes de que
le mande apresar. ¿Es eso lo que quiere, o qué?". Agregamos
nosotros que la bondad jesucristiana de don Práxedes permitió
sin querer el horrendo crimen del fascineroso, pues bien se merecía
el calabozo por su desfachatez y matas maneras (y no digamos por ladrón,
como el testimonio de don Soba lo ha puesto bien en claro y que informamos
para ayudar al Poder Policial en el comploto esclarecimiento del suceso
que ha conmovido las fibras más íntimas de nuestra religiosidad
y nuestro patriotismo).
Esta es la verdad sobre la mentirosa entrevista
que, según dicen algunos periódicos irresponsables, tuviera
a escondidas el fascineroso delincuente con el honrado correligionario
don Práxedes Caballero. Ya se sabe, por lo demás, que algunos
toman la libertad de prensa de que gozamos para insultar impunemente a
honorables personeros del gobierno y del partido, sin pensar que ellos
mismos se hunden con eso en el lodo de la infamia, de donde nunca debieron
desde luego salir.
Otras averiguaciones.
Continuando con nuestras pesquisas periodísticas,
hemos sido informados por una revendedora que tiene habitualmente su puesto
frente al Hotel "Victoria" y, como tal, conocidísima
por todos los devotos feligreses como persona honrada y capaz, que vio
al fascineroso deambular como perro sarnoso por entre los cansados grupos
de fieles peregrinos, como si buscara algo o a alguien. Que luego se dirigió
prosigue la revendedora hacia la casilla de las monjitas en
donde compró velas (jese ateo!) y entró después según
sospecha acertadamente la revendedora, pues dice no pudo verle más
a causa del gentío en el interior del sagrado templo. ¿Para
qué querría velas ese connotado hereje sino para incendiar
esa reliquia de nuestra espiritualidad que es la gran iglesia de Caacupé
y provocar unas muertes horribles que interesarían al destino de
muchas familias y, por ende, al de la Nación? Esta lógica
deducción bien puede formar parle del legajo acusatorio que la
justicia formará contra ese delincuente, que se permitió
perpetrar tan terrible delito delante de la mística Madre de nuestro
pueblo, la adorable Virgen india de Caacupé, a quien todos aprendimos
a amar con la leche de nuestra infancia.
Siguiendo este corresponsal con su labor periodística
esclarecedora, abordó a un inteligente grupo de señoritas
y jóvenes de la Capital, quienes, al paso casual del cronista,
estaban comentando sobre el suceso. Esto fue aprovechado instintivamente
por este corresponsal quien enrostró a una bella joven, vestida
con un elegante pantalón color verde, la siguiente pregunta:
¿Qué me puede decir, señorita,
del terrible drama que conmueve a la Nación?
Yo, señor periodista, estoy asustada,
contestó la emotiva joven, y su respuesta refleja vivamente el
sentimiento general de repudio y susto por esa increíble barbaridad
cometida por un ser (al parecer) humano. Los otros jóvenes asintieron
muy serios y conmovidos a la respuesta de la compañera, y quienes
al requerimiento del cronista se dejaron fotografiar para engalanar esta
página de nuestra revista.
Consecuencias de estas averiguaciones.
Estas felices pesquisas y auscultaciones del
sentimiento popular vienen a reafirmar el justo y patriótico desprecio
que nuestra revista ha demostrado siempre por esos periódicos ("pasquines
enfermizos", los llama justicieramente nuestro valiente colega "El
Avispero"), que han hecho de este suceso, luctuoso para el cristiano
sentimiento de nuestra nacionalidad, una especie de acto heroico, ofendiendo
con ello profundamente la memoria inmortal de nuestros héroes y
nuestro propio catolicismo sin grietas. Causa, en conocimiento de estos
antecedentes, verdadera indignación el estricto silencio que sobre
la realidad del suceso ha mantenido y mantiene ese pasquín demonio-cristiano
que lleva el sugestivo título de "Comunidad" (Comunistad,
le vendría mejor), el cual, en lugar de informar imparcialmente
como nosotros lo hacemos sobre el nefando acto perpetrado
en presencia del Poder Ejecutivo a la Sagrada Efigie, ha imaginado una
absurda y blasfema entrevista a la propia Virgen María, acerca
de la veracidad de lo dicho por el delincuente, como si N. Señora
se iba a rebajar a contestar preguntas nacidas sólo en la calenturienta
imaginación de unos des sotanados curas contrera; a la era de paz
y de progreso que vive la República. ¿Qué dicen de
esta actitud, se pregunta el pueblo, los Monseñores?
En cuanto a los demás periódicos
que informaron mentirosamerte sobre el hecho y a los que nuestra
revista, fiel a su misión de llevar luz a las conciencias, desenmascarará
en sucesivos números, nos basta con decir, por ahora, que
el fascineroso sujeto no es un preso político liberado, según
se atreven a decir, "por los buenos oficios del Señor Arzobispo",
sino un delincuente común (como acaba de demostrarlo su última
escena del que, como lo exige el pueblo, sea su último acto). Decir
que en nuestra era de paz y tranquilidad existan presos políticos
es, como lo sabe todo el pueblo paraguayo, una monstruosa calumnia que
sólo ensucia a los partidos a los que esos periódicos camarillescamente
responden.
Del libro Memoria de
Pascual Ruiz, 1998.
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